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Él trajo esa caja desde Okinawa y discutimos por el 2H2D japonés

fraukemacnicol204
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2 weeks ago

En la tienda libre de impuestos del aeropuerto de Naha, en Okinawa, Chen Po-yu estaba parado frente a una fila entera de cajas de colores llamativos, levantaba el celular y lo bajaba, lo bajaba y lo volvía a levantar. Su esposa, Lin Yu-ting, elegía pastelillos de camote en la sección de souvenirs, volteó a verlo y no dijo nada. Ese viaje era el regalo por su sexto aniversario de bodas: cuatro días y tres noches, con un itinerario relajado, caminatas junto al mar, ramen y paseos por la calle Kokusai. El último día, en una farmacia, Po-yu finalmente puso una de esas cajas en la canasta y pagó rápido, como si temiera que alguien lo viera.

De vuelta en Taiwán, esa caja terminó en el estante más alto del botiquín del baño, junto a los medicamentos para la gripe y las curitas. Yu-ting la encontró cuando buscaba solución salina. No preguntó de inmediato; sacó la caja y la miró un buen rato. Estaba llena de japonés apretado; ella solo reconocía algunos caracteres y el resto lo adivinaba por los dibujos del empaque. Esa noche dejó la caja sobre la mesa del comedor y esperó a que Po-yu saliera de bañarse.

—¿Qué es esto? —preguntó. Po-yu se quedó en blanco un momento y dijo que un amigo se lo había encargado. Yu-ting respondió: ¿un amigo te encarga algo y tú lo guardas en el baño de nuestra casa? Los dos se quedaron callados un rato. Después Po-yu dijo que había visto algunas discusiones en internet, que parecía que todo hombre debía tener una caja, que él tampoco sabía si la necesitaba, pero que al ver tantas variedades en el estante de pronto sintió que debía comprar una. Yu-ting no se enojó; solo dijo: «Ni siquiera puedes explicar en qué se diferencia de las demás, y ya la compraste».

Esa frase se convirtió en el tema que más volvieron a tratar en esos días. Po-yu admitió que en la tienda había visto al menos una docena de productos: geles, aerosoles, algunos que presumían distintos lugares de origen, con precios desde unos cientos hasta más de mil yenes. Sus únicos criterios en ese momento fueron dos: que el empaque le gustara y que el precio le pareciera aceptable. En cuanto a los ingredientes, en qué casos se usaba o si convenía consultar antes a un profesional, no lo revisó en absoluto. Yu-ting dijo que era como ir al supermercado a comprar suplementos: hay decenas de frascos, cada uno dice ser el mejor, y al final uno termina eligiendo el que tiene el empaque más bonito.

El fin de semana siguiente, Yu-ting llevó su laptop junto a él y buscaron información juntos. Primero revisaron los campos de etiquetado del empaque para confirmar que estuvieran completos el nombre del producto, el fabricante y las condiciones de conservación, y luego vieron cómo se clasifican ese tipo de productos en Taiwán. Po-yu descubrió entonces que, aunque estén en el mismo estante de la farmacia, algunos son productos de uso general y otros pueden estar sujetos a regulación de medicamentos; la diferencia no está en el precio, sino en su categoría legal. Yu-ting dijo que a ella no le preocupaba tanto qué caja comprar, sino desde cuándo en su casa habían empezado a resolver ese tipo de cosas con un «lo compro y luego vemos».

La conversación tomó otro rumbo. Po-yu mencionó que en realidad no buscaba resolver ningún problema, sino que en ese período tenía mucha presión en el trabajo y a menudo se sentía sin energía; al ver esos productos en el estante, sintió que encontraba una salida para «hacer algo». Yu-ting le respondió: entonces lo que tienes que atender es el cansancio, no la caja. Le propuso que, en lugar de seguir viendo comparaciones en internet, hicieran una lista de los suplementos y medicamentos de venta libre que tenían en casa y la llevaran a la próxima consulta para preguntarle al médico o al farmacéutico si había duplicaciones o conflictos. Po-yu dijo que nunca se le había ocurrido preguntar así; Yu-ting le contestó: es porque solo miras las páginas de productos y no lees las instrucciones.

Lo que realmente lo hizo cambiar fue una visita al consultorio con su padre. Mientras esperaban, le preguntó de pasada al farmacéutico cómo se distinguían esos productos del estante que presumían distintas funciones. El farmacéutico no recomendó ninguno; solo dijo: primero confirma tu situación, luego revisa el etiquetado del producto y al final decide si comprarlo o no; si inviertes el orden, es fácil gastar dinero en vano. Cuando Po-yu llegó a casa, bajó la caja del botiquín y la guardó en el cajón del escritorio, junto con el pasaporte y los boletos del viaje. Le dijo a Yu-ting que había decidido no abrirla por ahora, hasta entender bien qué necesitaba.

La reacción de Yu-ting fue más tranquila de lo que él esperaba. Dijo que no se oponía a comprar, sino a no hablarlo. Esa noche conversaron hasta la madrugada sobre cómo cada uno había enfrentado el estrés en esos años y por qué preferían buscar en internet antes que hablar. Después, Po-yu creó una nota en el celular titulada «Preguntar antes de comprar». En la primera línea escribió: hacer una lista de los suplementos y medicamentos que estoy tomando. En la segunda: si no estoy seguro, preguntar a un profesional. No volvió a abrir esa página de compras.

Si esa caja se usó o no después, no lo dijeron a nadie, y tampoco importa. Lo importante fue la conversación en la mesa del comedor, que les permitió practicar de nuevo el decirse lo que les preocupaba. Po-yu todavía entra de vez en cuando a las farmacias, pero ahora primero lee el etiquetado y luego piensa si últimamente ha estado cansado otra vez. Yu-ting dice que ahora, al ver esos empaques tan variados en los estantes, recuerda la imagen de él frente al espejo esa noche y se recuerda a sí misma que lo que una relación realmente necesita no es una respuesta, sino la disposición a aclarar juntos las preguntas. En cuanto al nombre 2H2D japonés, fue algo que leyeron con atención por primera vez mientras buscaban información; después de leerlo, decidieron devolverlo al estante, junto con todas las dudas que aún no habían resuelto.

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