Terminó la tercera vuelta y quiso parar: solo entonces entendió que la vitalidad masculina no se compra
Al cumplir cuarenta años, le regalaron un par de zapatillas para correr. Quien se las dio le dijo: «Últimamente te veo muy cansado». Él respondió que estaba bien, pero en el fondo sabía que no era solo cansancio: era como si le hubieran arrancado un pedazo de energía. Levantarse por la mañana le tomaba dos intentos, y para media tarde ya andaba con la mente en otra parte. Así que se propuso un objetivo muy simple: correr tres veces por semana, tres vueltas a la pista cada vez.
La primera semana todavía tenía fuerzas. A partir de la segunda, la tercera vuelta se convirtió en un muro. No era que le faltara el aire, sino que las piernas no se levantaban, y al mismo tiempo una voz en su cabeza le decía: «¿No será que necesito suplementarme con algo?». Buscó en internet, y lo que aparecía eran sobre todo discusiones relacionadas con la vitalidad masculina. Unos ha...